Con i de identidad

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El respeto a la identidad de los pueblos nos enriquece. Y no, eso no es política.

Hubo un día en que creía que siete estrellas verdes era la respuesta lógica a un pasado sangriento y una identidad soterrada. Que nadie se moleste ni altere. Sé que no está la hoguera para echar combustible, que luego la carne sabe a petróleo. No hablo de política. Hace tiempo que dejé de creer en los políticos. Y que conste que soy consciente de que la pérdida de confianza en la política no soluciona nada, sin embargo, esa enajenación, esa sensación de pertenecer a otro mundo, eso es justo lo que siento cuando me da por ver las noticias. Joder, ¿pero es que nadie se da cuenta de que todos estos se descojonan de nosotros? Que me perdonen los buenos políticos, que de seguro serán mayoría; de hecho, quise a uno como a un padre. Vi en él más pasión, honradez, sacrificio y vocación por lo público, que en todos los que ahora se envuelven en banderas, himnos y mítines, para ocultar, en el mejor de los casos, lingotes de hipocresía y mediocridad. Y luego también están esos grandes políticos, los que se pasean como si fueran estrellas del cine, también a ellos habría que crearles un paseo de la fama. Se me ocurre que en lugar de grabarle la palma de la mano, en la placa habría que esculpir un listado de mentiras y promesas incumplidas. Igual necesitamos más de una del tamaño de un campo de fútbol. Bueno, bueno, bueno, con la mochila más ligera por el despotrique político, vómito terapéutico que hacía tiempo que necesitaba provocarme, vuelvo al tema que me hizo darle a la tecla. Ahora, después de tanto tiempo, bastante más curtido en el arte de la vida, creo que en lo que realmente creía en esa época, más que en la independencia, era en la identidad. Un pueblo sin pasado es un pueblo sin identidad. Y a nosotros, al menos a mi generación, se nos ocultó ese pasado. La historia de Canarias empezaba con la conquista. Una conquista que había que agradecer. Gracias a ella, entre otras cosas, conocimos los metales, destruimos los pinares y extirpamos una cultura bárbara, una forma de vivir con siglos de existencia en armonía con el entorno al que nos vimos obligados a adaptar, en primera persona. Por todo eso, y por lo quemado que me tiene el tema de los abanderados y porta-estandartes, tanto los de un lado como los del otro, y no entro a valorar a los que dan porrazos ni a los que los reciben, ni siquiera a la razones que tienen unos y otros, he llegado a la conclusión de que cualquier bandera genera odio y separa. Y que el odio es un virus que solo se cura con justicia histórica o con el olvido, y éste último requiere de mucho tiempo, posiblemente varias generaciones. A la vista está, solo hay que preguntarle a un niño palestino qué piensa de uno israelí al que ni siquiera conoce. O pregúntale al nieto de un comunista arrojado por la sima de Jinámar; pregúntale por los que aún defienden las bondades del régimen franquista al son del cara al sol —sin haber tenido la suerte de vivir en el regazo del bueno del dictador, claro—. Que se lo digan también a los que limpian las calles de Barcelona, a los que pierden ojos, a los que esquivan adoquines, y a los que se alegran, enorgullecen, y hasta sienten satisfacción, porque haya familias rotas por sentencias judiciales, sean justas o injustas, políticos presos o presos políticos, a mí me da igual, para mí es odio y una familia destrozada por un hijo, padre o hermano privado de libertad. En cualquier caso, lo merezcan o no, nunca sentiré alegría porque se prive de libertad a alguien, menos aún por delitos como esos. Solo pienso, y en eso sí que me mojo, que mientras las banderas nos separan, la identidad de los pueblos nos enriquece. ¿Acaso no es maravilloso que un país como España cuente con siete trozos emergidos del fondo del Atlántico? Siete volcanes de la madre África, la cuna de la humanidad. Por favor, insisto, que nadie se moleste, que de odio ya vamos bien servidos. Seguro que los de mi generación serán capaces de imaginarse a un gran maestro jedi diciendo:

—El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento.

Y no es por nada, pero sufrir por estas cosas, como que no.

GRR_

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