El filial egoísmo de la cobardía

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El tiempo es una bestia que sorbe con sigilo la sangre del recuerdo y distorsiona la memoria.

Cada noche, después de la cena, me acostaba a su lado y la abrazaba. Ella sonreía sin abrir los ojos y me pasaba el brazo por encima. A veces me acariciaba el pelo y me recordaba lo mucho que se parecía al de su padre. Yo apoyaba la cabeza en su pecho, encogía las piernas y rogaba una tregua al tiempo. Luego ahuyentaba los porqués y los cuándos, sabía que las preguntas sin respuesta solo conseguirían distraerme de su respiración entrecortada, irregular y enredada en sibilancias de malos presagios, de tiempos oscuros. Intenté memorizarlo todo: el calor de su pecho, el aroma de las flores que siempre hay en su habitación, la suavidad de la piel de los brazos y las manos, las miradas al vacío, las sonrisas, las cicatrices del tiempo, los pliegues de las mejillas, el pelo rizado por los primeros lances. Nos sumergíamos en cajas de cartón llenas de fotos, amor y muertos. Todo aquello cuanto había pasado desapercibido durante toda mi vida, todo aquello que había vivido y a lo que nunca le di importancia, se convirtió de repente en el mundo que traté tatuarme en la memoria. Cuando su respiración se volvía más profunda y rítmica, yo contenía la respiración y la abrazaba. Era entonces, cuando en un acto de filial egoísmo, cobarde y cruel, rogaba en silencio para que no acabara el sufrimiento, porque intuía que, tras su final, tras el final del sufrimiento, solo quedaría el desgarrador vacío que deja la ausencia de una madre. Luego me arrepentía y me convertía en la contradicción que emerge del amor y la muerte, del dolor y la vida, de la rabia y la tristeza.

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