El ingrediente secreto del café de Sara

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Como cada mañana, Sara preparó la cafetera y la colocó sobre el infiernillo, pero antes de encender el fogón, arrugó la frente y se tapó la cara con las manos. Los perros también, susurró, y lo cogió con cuidado. Bajó las escaleras con él en brazos y se cruzó en la entrada con Samir, que ya se había quitado el sombrero y desanudado la bufanda. Volvía de comprar La Esperanza, el único diario que quedaba en el país. Un periódico en el que la portada siempre era la misma: el contador de muertos, el mapa de propagación, la oración del día y el ministro de turno llamando a la calma. A finales de 2037, la situación era irreversible, el virus había afectado a más del noventa por ciento de la población. La sanidad estaba colapsada desde hacía meses, y el pánico había dejado paso a la resignación. El realismo y la evidencia se habían apoderado hasta del Consejo Mundial Religioso, y sus diez líderes llamaban a la oración cada día, según ellos, para obrar el milagro de salvar la Humanidad.

—Buenos días, señora —dijo Samir—. ¿Está usted bien?

—Es mi perro —respondió Sara sin levantar la cabeza—. Está muerto. ¿Usted sabe dónde tengo que llevarlo?

—Hay que llamar al ayuntamiento, pero tal y como está la cosa, no va a venir nadie a buscarlo. Pero no se preocupe, que cerca de aquí hay un sitio precioso para él. Cerca del parque hay un alto con un viejo olivo. Fíjese usted si es viejo el árbol, que mi padre me llevaba allí cuando yo aún era un niño. Me decía que le recordaba a su tierra. A mí no me importaría acabar ahí, la verdad, pero cuando me toque, claro, que prisas no tengo ninguna. Si usted quiere, puedo acompañarla.

—¿Le importaría?

—Claro que no. Espéreme un segundo.

Samir subió las escaleras. No tardó en bajar con una pala y un ramo de flores secas.

—No hacía falta —dijo Sara.

—Tome, lleve usted las flores, que yo me encargo del perro.

Mientras caminaban en dirección al parque, hablaron de la juventud, de la soledad, de la tristeza, de los que ya no estaban y echaban de menos, y de la casas que se agrandan cuando mueren los que las habitan. La muerte formaba parte del día a día, y como todos, también ellos habían asumido que pronto les llegaría la hora. Ella decía que estaba segura de que había algo más allá. Él negaba con la cabeza y susurraba que le gustaría creer, pero que le parecía raro que nadie volviera para avisar.

—Pero si usted cree —añadió—, no seré yo quien le lleve la contraria. Mire, allí está.

—Pues sí que es bonito.

El olivo estaba junto al parque, en un alto que Samir, en homenaje a la tierra de sus padres, había llamado Nalut. Junto al árbol, él mismo había apilado piedras para formar un banco en el que se sentaba cada día para leer y recordar. Sacó un cojín de la mochila, lo colocó sobre las piedras e invitó a Sara a sentarse. Luego dejó caer la pala y puso el perro junto al olivo. Le acarició el lomo y dijo que estaba seguro de que el animal había tenido una buena vida, y que al final eso es lo que importa. El perro significaba mucho para Sara, pero era poca cosa, así que Samir no tuvo que ahondar mucho para darle sepultura. Eso sí, excavó con cuidado de no tocar las raíces del árbol. Luego apoyó la pala en el banco y colocó el perro dentro de la zanja. Miró a Sara. Ella le dijo que esperara un momento. Murmuró durante unos segundos, se persignó, y asintió con una sonrisa un tanto forzada. Samir tapó al perro, colocó las flores secas sobre la tierra húmeda y se sentó junto a Sara.

—Tenía razón —dijo ella—. Es un árbol precioso.

—Sí que lo es. Y viejo. En primavera, cuando cae la tarde, la luz del sol se cuela entre esos matorrales de ahí y calienta la base del tronco. Mi padre decía que esa era la razón por la que el olivo seguía vivo en un sitio tan frío como este.

Mientras hablaba de la tierra de su padre y de lo mucho que le habría gustado conocerla, Sara debió recordar que tenía la cafetera preparada, porque esperó que él terminara de decir lo que estaba diciendo, le cogió el antebrazo y le dijo que estaba haciendo frío, y que si lo tenía a bien y le apetecía, lo invitaba a un café en su casa.

El frío les hizo acelerar el paso, así que el camino de vuelta fue más rápido que el de ida. Sara lo invitó a entrar primero y se dirigió a la cocina para encender el infiernillo. Cuando contaba lo grande que se le estaba haciendo la casa, la cafetera emitió un silbido y Samir dijo que adoraba el aroma del café.

—Buenísimo —añadió después del primer trago—. El mejor café que he tomado en muchos años.

—El único que llega a las tiendas —dijo Sara sonriendo.

—Pues será el azúcar —dijo Samir—, pero algo tiene este café, no sé, está buenísimo.

Cruzaron la mirada.

—La compañía —dijo Sara.

—Sí. La compañía —susurró Samir.

El ingrediente secreto del café de Sara era la mejor vacuna contra el peor de los virus, el de la soledad. Y un maravilloso preámbulo para el amor.

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