El reloj de pared

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—Oye, Fran, tenemos que irnos —dijo mi hermana—. Mamá está en camino.

La cafetera ya estaba preparada. No tenía ni idea del tiempo que llevaba así, pero la coloqué sobre el infiernillo y encendí el fogón. Allí no había cambiado nada. Bueno sí, el reloj de pared del zaguán por fin se había parado. La seis y cuarto. Joder, las seis y cuarto. A esa misma hora, cada mañana, oía a mi madre trastear en la cocina. Yo, aún en la cama, en esos momentos en los que vigilia y sueño se disputan la conciencia, me la imaginaba vertiendo el café en una taza. Un café que luego se tomaría en la penumbra; de pie, apoyada en la encimera de mármol blanco, en compañía de sus fantasmas. Yo intentaba volver a dormirme. Media horita, pensaba, pero el sonido del péndulo me lo impedía. Mi viejo también odiaba ese reloj. Cualquier día le doy estacazo, susurraba una y otra vez. Me atrevería a asegurar que el odio que le tenía era una proyección del que le tenía a mi tía. O quizás no. Igual le recordaba que estaba derrochando su existencia trabajando como un cabrón. Sin tiempo para ver a los chiquillos, sin dinero para nada, sin más ilusión que la de ver cómo crecíamos. Creo que a mi madre tampoco le gustaba, pero era un regalo de su hermana. Es precioso, decía mi tía, pero es que mi casa es muy moderna para un reloj tan clásico. Moderna, sí, moderna, murmuraba el viejo, asegurándose de que mi madre no lo escuchara.

Que yo recuerde, el reloj solo se estropeó una vez. Mi madre había ido a un velatorio. Mi hermano y yo nos quedamos en casa. Rosi aún no había nacido. Por lo visto, el viejo había tenido una trifulca con el marido de la difunta por unos lindes y convenció a mi madre de que era mejor que no la acompañara. Ya sabes que Juanjo le da a la picareta, dijo mi padre. Y hoy, ya sabes, estará el hombre entonado. Mi madre asintió sin estar conforme y le dijo a mi tía —la del reloj— que era mejor que lo criticaran por faltar el respeto al viudo, que por darle una trompada. Mi tía le cogió el brazo a mi madre y se fueron al tanatorio. Mi padre las vio salir y nos dijo que nos fuéramos a dormir, que ya era tarde. No lo era, pero le hicimos caso.

La mañana siguiente, como siempre, oí a mi madre trastear en la cocina. Por primera vez en mi vida, y yo entonces tenía unos nueve años, no conseguí oír el péndulo.

—Eso es que no tiene cuerda —dijo mi padre.

—Cuerda te voy a dar yo a ti —susurró mi madre—. Y baja la voz, que vas a despertar a los niños.

El viejo tardó en confesar lo que tardó el café en salir. Y ese mismo día se fue al trabajo con el reloj debajo del brazo. Pidió permiso para salir un poco antes —cosa que no había hecho nunca—, y pasó por casa del relojero. Como castigo, además de pagar el arreglo, me tuvo con él toda la tarde, que eso sí que sería un castigo, porque siempre tuve la habilidad de poner a prueba su paciencia. Un talento —el de agotar la paciencia—, que, según mi madre, yo había heredado de él mismo, de mi viejo.

—Aquí tiene —le dijo el relojero a mi padre—. Hay reloj para veinte o treinta años más.

—No sabe usted cuánto me alegro —dijo mi padre.

Ahora, más de diez años después del presagio del relojero, y después de haberle dado cuerda, el péndulo volvía a balancearse y a sonar como siempre. Colgué el reloj en la pared y apagué el infiernillo.

—El famoso reloj de papá —dijo mi hermana sonriendo.

—Sí.

—Llévatelo. A mamá le hubiera gustado que lo tuvieras tú.

Sí que le hubiera gustado. Pero no soportaría oír el péndulo sin ella trasteando en la cocina.

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