La gravedad de Paula

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Paula decía que el amor es a ella, lo que la gravedad a las manzanas.

—¿Sabes, tío? Va, el muy capullo y me dice: Pauli. Ya sé que estamos bien, pero creo que es el momento de dar el paso. Pauli, tío, me llamó Pauli. ¿Cómo que Pauli? ¿Quién coño es Pauli, joder? ¿Tú sabes lo que me jode? ¿Cuántas veces te lo he dicho? Un montón. ¿A que sí? Que sí, tío, que sí. Que necesita dar un paso, dice, el muy capullo.

—Ajá —dije yo—. Un paso.

—Sí, un paso.

—¿Y se puede saber qué paso era ese?

Paula era un espíritu libre encarcelado. Proclive a enamorarse de la persona equivocada. Pura contradicción. El ejemplo perfecto para el psicólogo que quiere explicar la importancia de la cicatrización de las heridas antes de exponerse a nuevos rayos de amor. Yo, cansado de decírselo, me resignaba a ver cómo desplegaba las alas junto a una nueva pareja de vuelo. Siempre con altos y bajos, Paula se mantenía en el cielo uno o dos meses, luego llegaba el día en que recordaba que había nacido para ser libre. Era entonces cuando me llamaba para contarme lo equivocada que había estado al juntarse con éste o aquel tipo. Yo me metía tanto en sus historias, que muchas veces volvía a mi casa con ganas de partirle la cara al capullo que la había engañado; o bien, como en la mayoría de los casos, al idiota al que ella había engañado porque se lo tenía merecido. Me costaba entender cómo alguien podía engañar a una mujer como Paula, o lo que es peor, ¿qué puede tener en la cabeza un tipo que da razones para ser engañado por Paula? Nada. No puede tener nada. O un poco de serrín. Lo sé. Hay subjetividad en lo que digo. Un montón. Y también se evidencia la parcialidad de quien ve y oye a través de un prisma distorsionado por… ¿Amor? Todos esos tipos, ex-parejas de Paula: rubios o morenos, gordos o flacos, (supuestamente) inteligentes o idiotas perdidos, metro-sexuales o enclenques, (presuntos) ilustrados o enterados de la papa dulce, todos esos… ¿Capullos? Sí, capullos. Todos ellos habían tenido la suerte de ser queridos —o soportados— por Paula, todo un lujo. Queridos o soportados, aunque fuera a la manera de ella y durante un tiempo más bien corto. Acaso, ¿no llegas a querer al papel higiénico? ¿O a desearlo cuando no lo tienes a mano en el momento preciso? Pues, claro, no lo deshechas por no haberlo querido o deseado, lo deshechas porque ya no lo necesitas, y eso es lo que Paula hacía con sus parejas. Lanzarlas a la papelera y apartarse lo antes posible, como del papel higiénico usado. Y que conste que el símil es de Paula. Después de unos minutos, unos diez, en los que aproveché para pensar en cómo podía ayudarla esta vez, ella volvió del servicio y dijo:

—¿Por dónde iba?

—El paso.

—¿Qué paso?

—Sí, me decías que Marc te dijo que ya era hora de dar un paso.

—¿Sabes lo que me dijo?

Me sorprendió que no me mirara a los ojos. No respondí. Ella continuó:

—Que era hora de… A ver, un segundo, ¿cómo lo dijo? Ah, sí, formalizar. Es hora de formalizar nuestra relación.

—¿Y qué le respondiste?

—Y yo qué sé. Y va el tío y saca un anillo.

—¿En serio? ¿Y qué le dijiste?

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Nada. Me fui con el anillo y te llamé.

—¿Y qué piensas hacer?

—Ayúdame a entenderlo, Javi, ¿qué coño quieren los tíos? Pero, ¿cómo me voy a casar con él, joder? Si solo llevamos tres meses. Y además, ya no lo soporto.

—¿Lo quieres?

—No creo.

—¿Cómo que no crees?

—¿Sabes, qué? Venga, vamos, tenemos que emborracharnos.

Y así, borrachos y en casa de Paula, acababan todas sus relaciones.

—La última no la tomamos en mi casa —decía—. Tengo una sorpresa para ti.

Pero yo sabía que esa última copa no la tomaríamos. La sorpresa era una botella de ron de precio incalculable, no por la calidad, que seguro que la tendría, sino por ser un regalo de su padre, una joya que había pertenecido a su familia desde que su abuelo la había traído de Cuba. Mirando a la botella e imaginando la razón por la que su padre nunca la había abierto para compartirla con su única hija, una hija que lo adoraba, me preparaba un café y me lo tomaba solo. Antes del café, ayudaba a Paula a desvestirse y la acostaba con cuidado. Ella me abrazaba mientras mezclaba llanto y risa. Me pedía que me quedara en la cama hasta que se quedara dormida. A veces balbuceaba que yo era la persona más importante de su vida, que no entendía cómo podía ser tan bueno con ella, y que algún día se iría para siempre de aquella mierda de ciudad.

—Y nunca más querré saber nada del amor —decía—. Viviré sola en un oasis del norte de África y solo tú sabrás dónde estoy. Y vendrás a visitarme y quedarte el tiempo que quieras. Te preparé un cuarto. Solo para ti. Pero solo si prometes no decirle a nadie dónde estoy. Ese el trato.

Yo le decía que sí a todo y esperaba a que se durmiera. Luego pasaba la noche en vela en el sofá del salón hasta que amaneciera. Preparaba el desayuno y la despertaba con un beso en la mejilla. Paula no me permitía despertarla de otra forma que no fuera esa. Un susurro que no desvelaré de momento y un beso en la mejilla.

—¿Te he dicho que no hay tostadas mejores que las tuyas? —dijo.

—Sí —respondí—, pero me gusta oírlo.

—Dios. Pero qué dolor de cabeza tengo.

—Tómate esto.

Paula sacó un anillo del bolso, lo colocó sobre la mesa y dijo:

—Javier, ¿quieres casarte conmigo?

Esquivé su mirada y salí sin despedirme.

Seis meses después me enteré de que Paula había cumplido su sueño. Evité pensarlo dos veces y la llamé. Aún me pregunto de dónde saqué el valor.

—¿Paula?

—¿Eres tú?

—Sé que estás en Marruecos. ¿Tienes mi cuarto preparado?

—Siempre lo ha estado. Pero ya no es necesario.

Y no lo era. He dormido en el suyo durante los últimos siete años. Ni siquiera ahora, después de tanto tiempo, ni siquiera ahora consigo entender cómo Paula eligió a un tipo como yo para pasar el resto de su vida. Y ahora que ya no está, desvelo el secreto que mantuve durante toda su vida. Ese susurro que acompañaba al beso en la mejilla, ese beso con el que le gustaba despertarse. Un susurro, que según me confesó ella misma, solo escuchó de mi boca. Dos palabras. Solo dos. Y un universo para empezar un nuevo día. Aunque sé que no es necesario, y que Paula, cuando nos volvamos a ver, estoy seguro, lo usará como prueba inculpatoria para condenarme —de por muerte—, a prepararle el desayuno, no renunciaré al placer de escribirlas.

—Te quiero.

GRR_

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