La luz cautiva

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La luz crepuscular proyecta una legión de gigantes en el horizonte, bestias de acero y fibra, brazos inarticulados y corazón de madera; colosos que niegan el movimiento en respuesta a la pusilanimidad del viento de noroeste, que sucumben a la erosión de la distancia. Al otro lado, alguien aguarda el momento preciso, obedece a algo que no entiende, pero en lo que confía: la intuición. Decide. Dispara. La luz se cuela. Se refleja. Concede la eternidad a un instante que ya es pasado. El Tiempo pierde la batalla, se limpia el escupitajo, mira de reojo y sonríe, rencoroso, implacable, con la seguridad de quien se sabe ganador de todas las guerras. Lejos de allí, unas palabras persisten en lo imposible, perseveran en la quimérica hazaña de describir la luz cautiva.

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