Las malas amistades

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Se nos había hecho tarde. Como en otras ocasiones, en lugar de volver a casa, decidimos refrescar la borrachera en el fin del mundo. Así llamábamos a una colina situada a las afueras del pueblo, un lugar en medio de la nada, bueno sí, algo sí que había: un granero vigilado por un espantapájaros. La verdad es que ahora, después de tanto tiempo, por muchas vueltas que le doy, no se me ocurre una razón que no sea la costumbre, para explicar por qué diablos acabábamos allí las noches de los sábados.

Aquella noche de octubre hacía frío. Abrí la ventanilla y recliné el asiento. Cuando todo empezó a dar vueltas, oí que una voz desconocida decía:

—No está bien que hable con pájaros.

Era una voz de tono gutural y ritmo sosegado.

—¿Lo ves, tío? —dijo Marcial mirándome de reojo—. Cuando hablas así, me entran los ataques de risa.

—Pero si yo no he dicho nada —le dije.

Los dos miramos al frente. El espantapájaros dejó caer la cabeza y el pájaro que se había posado en su brazo de paja, levantó el vuelo sin dejar de mirarnos.

—¿Lo viste? —dijo Marcial—. Ese pájaro me ha sonreído.

Sí que lo vi, pero aún no me lo creo.

—Tenemos que dejar de fumar esta mierda —le respondí. Y apagué la colilla en el cenicero del coche.

El sol ya se asomaba en el horizonte. Era hora de irse dormir.

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